Margarita Ortega se siente plena


A Margarita Ortega le gusta estar siempre alerta y ahora se siente plena en su vida profesional y personal. Sobre su corazón, los rumores van y vienen, y ella responde de la misma manera: “Me van y me vienen”. Es más, no sería nada raro que ahora la terminen vinculando sentimentalmente con Sebastián Martínez, pues el galán será una de las razones de sus problemas en ‘Rosario Tijeras’.

Alcohólica, irresponsable, insegura, ambiciosa, la lista de adjetivos perversos para describir la nueva creación de la actriz colombiana podría ocupar varios párrafos, lo que llevaría a pensar que para darle vida a Martha Lu, el personaje en ‘Rosario Tijeras’, se necesitó mucho tiempo. Pero, Martha Lu surgió como surgen las almas aparentemente introvertidas pero que al son de uno, dos o tres whiskys terminan desplegando un talento histriónico sorprendente.

Margarita decidió que su manera de asumir el oficio de actriz no iba a ser como lo indica la tradición. Margarita Ortega concibe su oficio como una entrega total. Tanta que para reinventarse, para reaparecer, como lo hace ahora, convertida en la señora de sociedad de 'Rosario Tijeras', debe tener sus estrategias, algunas más radicales que otras, como esa que recuerda tanto pues quedó tatuada, literalmente, en su cuerpo. Lo divertido del asunto es que Margarita habla de sus secretos, como contando una anécdota diaria.

Por su mano han pasado libretos de novelas, pero también de noticieros, de programas culturales y varios formatos más que están en su hoja de vida. Y como no le gusta quedarse quieta, algún día pensó que había llegado la hora de volver a los salones de clase. Se inscribió en la Universidad Nacional para terminar su carrera como psicóloga.

Su pelo ha cambiado de color muchísimas veces, como también su look, sus acentos e incluso su género (en ‘Siete veces amada’, aunque interpretaba a Roberta terminó dándole vida a Roberto), de manera sorprendente, como si ningún papel le pudiera quedar grande.

Es madre de un niño y una niña y en este papel no ha estado sola. El amor también tocó sus puertas, en la novela de su vida se encontró a un galán paisa: Ramiro Meneses. Y este amor es el que la enseñó a entender qué significa para ella una relación ideal. Lo cierto es que a Margarita se le asoma la calma en el tranquilo azul de los ojos y está riendo de nuevo. Ya no tiene que sentarse sola en el balcón de su casa cada noche con un cigarrillo a preguntarse si eso era todo. Margarita está acompañada por ese incondicional amor de sus dos hijos y por el “aquí estoy para caminar contigo”, de Ramiro.

Margarita se percibe tranquila, sabe que encontró su camino ideal, su familia ideal. Lo que aún no ha encontrado es su punto final, para eso, para la cumbre y aún le falta mucho.

-¿Cómo describirías a tu personaje de ‘Rosario Tijeras’?
Martha Lu es una mujer loca. Lo divertido de todo esto es que inicialmente no era alcohólica, pero comenzamos a experimentar, a subirle a un vodka, dos más, un whisky y le encontramos el punto perfecto. El asunto fue tan divertido que Andrés Sandoval (Antonio, mi hijo en la serie), cuando me veía llegar no decía “ahí viene Martha Lu”, sino ahí viene “Farra Lu”.

-¿Qué aportas de ti misma al personaje?
Nunca me pregunto qué le puedo aportar al personaje. Mi laboratorio es a la inversa. Estoy siempre esperando lo que el personaje pueda aportarme.

-¿Existe algún personaje del que te haya costado especialmente “despegarte”?
Cuando terminé el personaje de Mónica, en ‘Marido y mujer’, fue terrible. Venía con una carga emocional muy fuerte. Mónica era compleja, enredada, con una vida convulsionada. Al final, para liberarme de ella, tuve que tomar decisiones radicales: me rapé y me hice algunos de mis tatuajes.

-¿Cómo definirías tu trabajo de actriz?
Para mí este es un oficio como cualquier otro, sólo que es público. No me interesan los escándalos porque mi trabajo es otro, mi trabajo es actuar. La actuación me ha permitido hacer un poco de periodismo, de historia, de antropología y de psicología.

-¿Y cómo comenzaste en la actuación?
Hubo un momento de iluminación, que lo tuvo el director del comercial de una bebida gaseosa que, buscando a alguien para que acompañara a Carlos Vives en la promoción, decidió apostarle a mi, que era en ese momento una universitaria caleña de ojos azules que había ido a la prueba a acompañar a una de sus amigas. Y un día, trabajando, otra vez sin buscarlo, me dijeron que hiciera la prueba para 'Detrás de un ángel' (la novela que protagonicé junto a Róbinson Díaz, en 1993). Yo no dimensionaba lo que estaba sucediendo hasta que fui a la tienda de la esquina, ahí entendí que algo estaba pasando.

-Define tu carrera artística...
He tenido una suerte loca que me ha permitido empatar mis personajes con los momentos de mi vida. No quiere decir que ahora sea una alcohólica (risas), solo que he aprendido a estar alerta, a que mi cuerpo, a que mis sentidos, a que mis reflexiones estén siempre en un estado de actividad permanente. Claro que, en el camino no todo ha sido color de rosa, porque algunos me han dado más duro que otros (y recuerdo cómo me convertí en hombre, con joroba y barriga, y un traje que sólo le dejaba ver las manos, mientras grababan en una temperatura cercana a los 40 grados), sin embargo, con toda honestidad, el mejor papel de mi vida comenzó hace 14 años cuando nació Emiliano, mi primer hijo.

-¿Cómo son tus hijos?
Emiliano, mi hijo mayor, llegó porque así lo quisimos. Fue increíble, mis hijos han sido grandes maestros, así suena a frase de cajón. Son un complemento: Emiliano es el polo a tierra, la reflexión; en cambio Melibea es el huracán, el amor, la magia. Con Emiliano me pasaba que lo llevaba a los ensayos de teatro y le decía: “voy a subir a una escena, ya vuelvo por ti” y cuando regresaba, él estaba sentado esperándome. En cambio, si llevo a Melibea, seguro termina sobre el escenario y reemplazando a la mamá (risas).

-Has atravesado por varias crisis sentimentales con tu pareja, ¿cómo explicarías esta relación que te une a Ramiro Meneses?
Para mí una relación ideal es esa en la que cada uno pueda seguir siendo lo que es, con sus propios espacios, sus tiempos para disfrutar de las cosas que lo llenan. Esa es la pareja perfecta. Qué pereza una relación en la que uno tenga que adaptarse o ser igual al otro para poder encontrarse. Eso no tiene sentido. Mi relación ideal tiene que ver con el respeto, con la posibilidad de asumir que el otro es diferente. Ahí está la clave. Asumir primero que somos diferentes, y respetarlo.